Y yo… yo no sé si estoy emocionado o si me estoy haciendo viejo. Porque cuando era niño, lo que más molaba, y lo más moderno, era ir al cine a ver La Guerra de las Galaxias. O los cromos de los comics de Jack Kirby que comprabas en el quiosco y que luego se te pegaban al plastificado de la carpeta. Los museos eran otra cosa. Estaban dedicados a Norman Rockwell, ese señor que parecía el abuelo que salía en los calendarios de la peluquería. Y Frida Kahlo… bueno, Frida Kahlo era la que aparecía en los pósters de la facultad de Bellas Artes de los amigos más intensos.
Yo me imagino entrando al Museo de George Lucas y sintiendo esa mezcla rara de nostalgia y “jobar, ya soy de la generación que tiene museo”. Como cuando te das cuenta de que los juguetes con los que te entretenías de crío ahora están detrás de un cristal con una cartela que dice “Concept art, 1977”. Y tú piensas: “Eso lo dibujó un tío que cobraba menos que un autónomo actual, y ahora vale más que mi piso”. Resulta que sus dibujos están en un museo oficial, con entradas de 25 dólares y jardines diseñados por paisajistas de postín.
En cualquier caso, se impone reinvindicar aquella época maravillosa. Porque el museo de George Lucas es también el museo de nuestra infancia.
Allí están las criaturas que nos daban miedo, los héroes que queríamos ser, los villanos que nos parecían invencibles…
Y también está esa sensación maravillosa de cuando uno tenía diez años y una película podía ocuparle la cabeza durante semanas.
Ahora ves una película, sales del cine y lo primero que haces es mirar el móvil.
Antes salías del cine y querías ser Indiana Jones.
O Han Solo.
O Luke Skywalker.
Porque al final el museo no habla solamente de George Lucas.
Habla de nosotros.
De cuando un niño veía una nave espacial cruzar una pantalla y no pensaba en efectos digitales, derechos de explotación ni universos compartidos.
Pensaba:
“¿Cómo demonios han hecho esto?”.
Y esa pregunta, probablemente, es la esencia de la magia del cine.
Luego crecimos. Y a algunos Luke Skywalker nos cambió la vida, porque nos hicimos críticos de cine. Que es una profesión muy curiosa, porque consiste en pasar de pensar “¿cómo demonios han hecho esto?” a escribir “han hecho esto bastante mal”.
