En los años 50 estaba rodando Gigante en Texas junto a una Elizabeth Taylor que brillaba como el sol del desierto y un James Dean que se pasaba el día practicando el arte milenario de “mirar intenso”.
En aquellos descansos del rodaje, era común que se acercaran familias de los pueblos cercanos a ver si encontraban a algún actor de moda. Ya se sabe: si el circo de Hollywood pasa por tu rancho, tú vas. Y un día apareció una madre con su hijo, un pequeño de cinco o seis años que estaba más pegado al pantalón de su madre que un chicle a la suela de un zapato en agosto.Cuando el niño vio a Rock Hudson —enorme, con su sombrero de cowboy y ese porte que hacía sombra a los decorados— se quedó completamente inmóvil. Ni pestañeó. Parecía más estatua que niño. La madre le susurró con cariño:“Dile algo, cariño, es un actor muy famoso”.El niño, bloqueado por la timidez, levantó un dedo. No para señalar la fama, sino para señalar a Rock… como diciendo: “Ese señor es demasiado grande para procesarlo ahora mismo”.
Rock Hudson, acostumbrado a intimidar por tamaño pero no por carácter, se agachó lentamente —lo que en su caso era casi una coreografía— y, con una sonrisa de anuncio de dentífrico, le dijo:“¿Sabes un secreto? Yo antes era pequeño… pero comí muchísima avena”.El niño abrió los ojos como si acabara de presenciar un milagro texano. Y preguntó, muy serio:“¿Cuánta?”Rock, sin perder ritmo ni gracia, remató:“Tanta que los caballos empezaron a quejarse porque no les dejaba ni un triste grano”.El niño se mondó de risa: una carcajada detrás de otra, de esas que contagian, de esas que borran vergüenzas. Terminó abrazando a Rock con la misma naturalidad con la que uno abraza a un oso de peluche… si el oso de peluche midiera dos metros y trabajara para la RKO.La madre contó aquella historia durante años, y no es para menos.
Según Elizabeth Taylor —que estaba allí y lo vio todo— Rock tenía un talento especial:“Rock tenía un don: hacía que los niños dejaran de tener miedo del mundo”.
